por CARINA CABO
Intentar definir el cuerpo a lo largo de la historia no es tarea fácil. Distintas concepciones, marcadas por las características de cada época, dan lugar a algunas ambigüedades.
Las reflexiones acerca de la corporeidad humana no son nuevas, se podría establecer que datan del S. XIX, con el surgimiento de las ciencias sociales; aunque la Biología ya había dado respuestas a los interrogantes acerca del cuerpo, reduciéndolo a lo orgánico y sometiendo lo social y cultural a lo biológico. E. Durkheim, intentando dar otra mirada, plantea que si bien la dimensión corporal se origina en la organicidad, está marcada por las condiciones de vida.
El surgimiento del psicoanálisis provocó una ruptura epistemológica en la vieja idea de cuerpo. Freud mostró su maleabilidad y lo convirtió en una estructura simbólica, en un lenguaje que habla de las relaciones individuales y sociales
Michel Foucault (1975) introdujo una visión diferente, comprobando que las sociedades occidentales inscriben a sus miembros en las mallas cerradas de una red de relaciones que controla sus movimientos. En “Vigilar y castigar” plantea al cuerpo singular como objeto y blanco de poder y que se puede mover o articular con otros a través del disciplinamiento, instaurado éste en el S. XVII, como fórmula de dominación para producir la docilidad y la eficacia a través de un cuidado meticuloso de la organización de la corporeidad.
Pierre Bordieu (1979) sostiene que el cuerpo es la objetivación más indiscutible del gusto de clase. El hábitus, los comportamientos y representaciones, están ligados a una posición de dicha clase social.
Durante el S.XX, distintos trabajos etnológicos sobre otras sociedades, como los realizados por Margaret Mead, Malinowski, Lévi Strauss, entre otros, provocaron curiosidad sobre los modos corporales propios de cada comunidad
Por lo tanto es dable plantear que el cuerpo no es algo dado de antemano, de naturaleza indiscutible, sino, por el contrario, hay tantas representaciones como sociedades haya y habrá que comprender la corporeidad como estructura simbólica que no debe dejar de lado imaginarios, conductas o nociones propias de cada grupo.
En estos días, en la sociedad occidental, la apariencia física responde a la manera representarse. Implica el modo de vestirse, la manera de peinarse , de arreglarse la cara y de cuidar el cuerpo, respondiendo a modalidades simbólicas según la pertenencia socio- cultural. David le Breton sostiene que la presentación física parece valer socialmente como una presentación moral. La puesta en escena de la apariencia deja librado al hombre a la mirada del otro y, especialmente, al prejuicio que lo fija de entrada a una categoría moral por su aspecto, por un detalle de su vestimenta o por la forma de su cuerpo.
Este estereotipo pareciera ser renovado todo el tiempo por la lógica del consumo y la lógica del mercado tan característicos de nuestra época, la posmodernidad. Los cambios de la moda que repercuten en la ropa, en los cosméticos, en las prácticas físicas dan cuenta de ello, formando una constelación de productos “necesarios” y codiciados para poder acceder a cierto grupo social. Se valora al otro por lo que tiene, por lo que muestra, reduciéndolo a la mirada de los demás como mera cáscara, volviendo las relaciones sociales más medidas o más distantes.
Gilles Lipovetsky (1983) plantea que el interés febril por el cuerpo no es espontáneo, sino que responde a imperativos sociales para sostener el narcisismo y así llevar a cabo la misión de normalizar el cuerpo, imponiéndole un lugar predilecto en el discurso social, quedando asociado a un valor indiscutible, convertido en un objeto, en una mercancía, que se puede moldear o modificar según el gusto de una época. Discurso que no sólo es sostenido sólo por algunos sectores sociales, a veces culpando a los medios de comunicación, sino por la misma medicina que toma al hombre como un producto de carne y hueso.
Cabría preguntarse si esta “liberación” del cuerpo, característica de este siglo, es en realidad eso o, en definitiva, sólo se habrá liberado el hombre cuando haya desaparecido toda preocupación por el cuerpo.
22/8/08
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